Parecía que lo habían hecho a propósito, todos los extranjeros en los dos mismos vagones. Nosotros con Javier, la pareja chilena y un canadiense muy majete, cama con cama. Desayunamos todavía en movimiento unos bollitos horribles que nos habíamos comprado sin saber muy bien que eran en un Dia (también hay en china!) y algunos frutos secos muy buenos que Javier compró en uno de los miles de mercados de China.
Gracias al cielo que cuando llegamos ya nos estaba esperando la furgoneta del albergue, porque eso parecía la recepción de bienvenida a la bajada del avión de Kennedy, millones de personas detrás de unas verjas que formaban un pasillo hasta la salida, agitando carteles y gritando ofertas de transporte, alojamiento y yo qué sé qué cosas más… también dio la casualidad de que todos habíamos reservado en el mismo, bueno menos Javier, al que raptamos para que se viniera con nosotros, y ahí que nos fuimos juntitos en furgonetilla al mejor albergue en el que hemos estado hasta ahora (esta entrada la escribí en papel en el barco entre Vietnam y Camboya, y la pasé al ordenador, ¡ ¡que vuelve a funcionar después de dos sustos!! en Tailandia... sí, sé que voy con muuucho retraso).
El albergue, al sur de laciudad y pegadito a la gran muralla que la encierra, tenía un ambiente estupendo gracias a los tres patios con mesas, sofás y sillas que conectaban las habitaciones con la recepción y el restaurante, en los que siempre había alguien sentado encantado de compartir experiencias de viaje y podías mantener animadas charlas con gente de todas partes en cualquier momento del día. Además te regalaban un café el día de llegada y una cerveza gratis por día de estancia en su concurrido bar, los miércoles hacía noche de barbacoa y los viernes “dumpling party”, en la que enseñan cómo se hacen en una mesa enorme a todo el que quiera pringarse las manos y luego los cuecen para cenar, todo gratis.
Xi’an es una ciudad enorme, aunque sea mundialmente conocida por los Guerreros de Terracota, casi lo mejor que tiene, en nuestra opinión, es el barrio chino-musulmán con su Gran mezquita. Es genial entrar en el complejo de edificios que podrían ser un templo chino cualquiera y empezar a ver inscripciones en árabe por todas partes, fuentes como en cualquier mezquita turca, pero estilo oriental, y gente con rasgos chinos vestida con los gorros tradicionales y los camisones largos tan típicos musulmanes. Hay además una escuela coránica en los jardines, en la que puedes ver a muchos hombres mayores aprendiendo árabe a través del Corán y escuchar como repiten la lección con su particular acento. El resto del barrio es prácticamente un gran mercado, en el que puedes encontrar las comidas más raras, entre ellas muchos dulces también producto de la mezcla de culturas porque la mayoría están hechos con pasta de arroz y las taaaan dulces frutas escarchadas u hojaldres musulmanes. Puedes incluso comprar grillos en jaulitas de algo como paja sólo para oir su cri-cri allí dónde los pongas (no veais lo que se rieron los vendedores cuando les preguntamos si eran para comer). También merece mucho la pena darse un paseo por lo alto de la muralla e ir al atardecer al espectáculo de luces y sonido en la Gosse Pagoda (pagoda del ganso salvaje).
La primera noche cenamos con Javier a un restaurante famoso por sus deliciosas Hot Pot al sur este de la ciudad y disfrutamos como enanos metiendo nosotros mismos los ingredientes que habíamos elegido en el delicioso caldo que se iba cocinando en una olla encima de un fuego en el centro de nuestra mesa, bolas de carne de gamba, bolas de carne de tiburón, una montaña de setas de mil tipos diferentes, verduras chinas, tofu, carne de ternera cortada estilo carpaccio…mmmm me relamo sólo con acordarme…
Al día siguiente nos fuimos los tres a hacerles una visita a los milenarios Guerreros, que están a más o menos una hora de la ciudad. Para ir hasta allí cogimos en un lateral de la estación central el autobús verde que te recomienda la Lonely Planet por sólo 7 Yuanes, unos 0,70€! (hablando de la Lonely, está censurada en China y no la puedes comprar en ninguna parte, por mucho que te digan en los hoteles o albergues que sí y que en las librerias no te aclaren porque tienen de los sitios más recónditos pero esa justo no. Nosotros nos volvimos locos buscándola en Shanghai y Beijing). Cuando llegamos allí pensamos que iba a ser complicado cogerlo de vuelta porque no había parada ni nada parecido, pero... qué equivocados estábamos! por esa carretera pasan millones de autobuses, minibuses, furgonetas y taxis, si no te preguntan ellos antes a pitidos y gritos desde la ventana, puedes parar cualquiera haciéndole una seña y te lleva otra vez al centro por el mismo precio o incluso menos (después de negociarlo, claro, que a los turistas siempre intentan sacarles más). Así descubrimos que para ir para allí también podríamos haber cogido cualquier bus, no hacía falta habernos complicado buscando el color o el número que te dicen las guías de viaje.
Y esto es así en todo el país. Un montón de minibuses recorren China pitando a cada viandante que se cruzan por el camino, bien para avisarles de que van a pasar (por si las moscas no habían oído el estruendo que les precede…) o bien, como especie de ofrecimiento-pregunta por si quieren subirse.
Me voy por las ramas: los Guerreros, pues sí, muy guay ver en vivo dónde los encontraron y las excavaciones, pero el museo en sí tiene bastante poco interés (uno de los pabellones está dedicado sólo a como construyeron el propio museo…). Añadiéndole que estaba llenísimo de gente y que hacía un calor que no veas…me gustó, pero me impresionó lo justo. Menos mal que nos rebajaron la carísima entrada a la mitad enseñando nuestro carnet de estudiantes.
De vuelta a la ciudad nos paramos a ver el palacio balneario Hua Quin que uno de los miles de emperadores mandó hacer para su concubina preferida (lo llaman Hot Springs, porque se construyó hace 3000 anios sobre un manantial con más de 6000 anios). Muy bonito. Sebastian y yo acordamos que el primero que se haga rico le construirá al otro una réplica del mismo en algún sitio idílico que nos pille un poco más a mano.
El resto de nuestra estancia en Xi’an fue de preparativos y sillón-ball (dicese del a veces maravilloso deporte de tumbarse en el sofá y no hacer nada de nada). Y el último día también nos despedimos de la ciudad con una Hot Pot, en un restaurante nepalí ultrabarato, pero no por ello peor que el otro, justo en la calle de detrás de nuestro albergue…si lo hubiésemos sabido antes!!
Xi’an
miércoles, 5 de agosto de 2009Escrito por Anita y Sebastian a las 08:53 2 comentarios
Etiquetas: China, comida, transporte, viaje
Pingyao
miércoles, 29 de julio de 2009
Tras una semanita de aclimatación, turisteo y relajación en la capital, decidimos dirigirnos a un sitio más acojedor, y elegimos la pequeña ciudad de Pingyao. Fundada en el siglo XIV, mantiene buena parte de la arquitectura original de las épocas Ming y Qing. El casco antiguo está rodeado por una muralla de 6 km de longitud y 12 m de altura con seis puertas y unas setenta torres de vigilancia, en cada una de las cuales hay esculpida una frase del libro "El arte de la Guerra", de Sun Tzu, que mi padre me regaló y me leí para el máster un par de semanas antes de empezar el viaje. La Ciudad fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 1997.
Si, por aquello del idioma, comprar un billete de tren desde la ciudad en la que estás hacia cualquier otra parte es ya un poco complicado, intentar comprar un billete en China para un tren que salga de una estación diferente de la que estás comprándolo es todo un reto. Primero lo de siempre, pedir en el hostal que te escriban de dónde a dónde quieres ir, cuantas personas, qué día, a qué hora, en qué clase y qué litera quieres (arriba, en medio o abajo); Luego, conseguir que la persona que te vende los tickets entienda lo que pone, en chino, en tu papelito… y eso ya no es tan fácil. Tras decirnos en 4 ventanillas que no es posible venderte un billete de un tren que salga de una estación diferente de la que lo adquieres (¡¡¿¿¿ein??!!?) y que debíamos comprarlo allí cuando llegásemos (nosotros queríamos comprar con antelación el tramo Pingyao-Xi’an porque nos habían dicho que los trenes se llenaban enseguida y a lo mejor allí nos encontrábamos que sólo quedaban camas libres en trenes dos días más tarde y nos tocaba esperar) por fin encontramos a una taquillera que, en cuanto le enseñamos el papel, sin ningún tipo de extrañeza ni preguntas nos dio los billetes, el problema se presentó cuando le enseñamos nuestro billete Beijing-Xi’an y le preguntamos desde que estación salía el tren. Se puso a agitar los brazos y hacer muecas señalando la cola que teníamos detrás, pero ante nuestra insistencia nos dijo que salía desde la estación central, en la que estábamos en ese momento. Y cómo, a pesar de su enfadado, nos lo dijo 3 veces, nos fuimos tan tranquilos.
Aaaaaaaaaaaaaaay infelices!! cuando 3 días más tarde nos fuimos para allá con tiempo y nos pusimos a buscar en los paneles nuestro tren…no estaba! Le preguntamos a una “amable” señora de información que nos ladró a saber qué y nos tiró el billete a la cara, perplejos le preguntamos a varias personas en medio del enjambre humano que iba y venía a toda velocidad sin mayor éxito, hasta dar con una chavalilla joven que hablaba un poco de inglés y que le volvió a preguntar al perro ladrador de nuestra parte que demonios pasaba con nuestro tren. Gracias a ella supimos que la taquillera nos había dicho que sí que nuestro tren salía de allí mismo, como a los tontos y a los locos, sólo para que nos quitásemos de en medio. En realidad salía de la estación este y ya no nos daba tiempo a llegar… Menos mal que en este país no hay absolutamente ningún problema con los cambios de los billetes, ni aunque el tren que se supone que deberías haber cogido haya salido el día anterior. Volvimos a hacer cola en la taquilla, cambiamos los billetes para un par de horas después, nos fuimos a la otra estación y, para matar la espera, nos pusimos las botas comiendo dumplings (Ángeles, me acordé mucho de ti pideindo tus 'empanadillas chinas').
A parte del jaleo para comprar los billetes y la incidentada toma del tren, la llegada también tuvo lo suyo. El tren nos dejó a las 5 de la mañana en medio de una estación en ninguna parte y osotros, tan previsores, sin mapa ni idea de nuestro destino. Por suerte, aqui los taxis y bici-taxis son muy baratos. Como no sabiamos en realidad dónde queríamos ir, dejamos que nos llevasen hasta el centro de la ciudad y allí nos pusimos a caminar hasta encontrarnos con un albergue donde entramos a preguntar si nos permitían dejar las mochilas allí durante el día aunque no durmiésemos allí, pues majísimos, no sólo nos dejaron, sino que nos regalaron un mapa de la ciudad, nos explicaron las cosas más interesantes que ver y nos ofrecieron ducharnos gratis, lo que, después del viaje nocturno en el abarrotado y caluroso tren lo agradecimos muchísimo.
Pingyao es una ciudad muy curiosa, por lo visto se han rodado allí varias películas (la linterna roja), dentro de la muralla las calles son estrechas y polvorientas, las casas bajitas con farolillos en las puertas, inscripciones por doquier y patios espartanos y, en medio de todo eso, torretas elegantes y tejados puntiagudos terminados en dragones con las fauces abiertas .
A media mañana hacía ya un calor de mil demonios, así que después de darnos una vuelta tanto por dentro como por fuera decidimos sentarnos en un esquina a comernos un riquísimo helado (uno de los miles que nos comeríamos en China, a 0,20€ cualquiera se resiste!) disfrutando mientras observábamos el ir y venir de los locales. El desfile de motos, bicis cargadas con las cosas más inimaginables y gente particular que pasaban por allí por minuto era ya en sí mismo todo un espectáculo. Atareados como estábamos con nuestros helados no pudimos hacer fotos de casi ninguno, pero tengo algunas imágenes grabadas, entre ellas un par de gente con camisetas en las que se leían frases en inglés que probablemente ni entendían (como cuando Sebastian le tradujo a una chica en Malasaña lo que querían decir los bonitos símbolos japoneses de su suéter: “soy fácil y me gusta ponerme encima”…si es que hay que tener un cuidado con lo que uno se pone…o peor, se tatúa!): una anciana conduciendo una moto más vieja que ella cargada con toneladas de patos vestida con una camiseta rosa con letras negras que decía “demasiado cool para este mundo”, un señor de mediana edad un tanto guarrete con una camiseta roída en la que alguien (quién sabe si él mismo) había escrito en grande con un rotulador “Dolce&Gabbana”.
Tras cenar en el albergue por aquello de devolverles un poco el favor y porque estábamos muertos de tanto pateo, nos volvimos a duchar y nos fuimos a la estación para coger el tren nocturno hacía Xi’an, cual no fue nuestra sorpresa al descubrir que prácticamente los 15 mochileros que esperábamos allí éramos hispanoparlantes, eran los primeros con los que nos cruzábamos en todo el viaje y la casualidad hizo que además fuese un encuentro de varios grupos de lo más dispares, un matrimonio chileno de nuestra edad que estaba haciendo casi el mismo viaje que nosotros pero con un par de días de adelanto, unos grupo de catalanes de viaje de fin de carrera… Javier, un valenciano, suizo de adopción, profesor responsable del departamento de castellano de la Universidad de Lynch que, fascinado por su cultura, estaba allí 3 meses para aprender algo del idioma y viajar a lo largo y ancho del país. Con él compartiríamos luego muchos buenos ratos y nos explicaría cosas interesantísimas de estas gentes que nos harían comprenderlos algo (iba a escribir “algo mejor”, pero en realidad salimos de china con la sensación de no entender nada y de habernos dejado, lamentablemente, mucho en el tintero, pena de barrera idiomática).
Beijing
martes, 28 de julio de 2009La capital china tiene, por supuesto, muchísimas cosas que ver, la ciudad prohibida, el templo del cielo... en los alrededores la Gran Muralla, el Palacio de Verano... y un millón de etc. Así que decidimos tomarnoslo con relax y tomamos prestadas del hostal un par de bicis para los dias que estuvimos alli.
Una de las cosas que más nos gustaron fue callejear por los Hutongs tradicionales y observar a la gente en su vida diaria, los puestos de comida, las bicis cargadas de millones de cosas, los mercados con los bichos mas increibles y mil cosas más. Es increible la variedad y colorido de cosas que ocurren en un minuto cualquiera de una esquina de una de sus calles, qué movimiento!
Otra cosa que sin duda merece muchísimo la pena es el distrito 798 de arte, se trata de un antiguo complejo de fábricas a las afueras de la ciudad en el que los artistas han instalado sus talleres y galerias, es inmenso, nos podriamos haber pasado allí el día entero tranquilamente. Predomina el arte moderno, pero hay de todo y te dejan hacer fotos de absolutamente todas las obras, es una gozada, nos habriamos comprado encantados un par de cuadros, que pena que no pudiesemos porque sino tendriamos que haberlos cargado por toda Asia...
Comimos el famoso pato a la pekinesa! al fin y al cabo, somos guiris! y he de decir que estaba buenisimo (me encanta el pato de todas formas). En realidad, la comida nos está gustando muchísimo y como es tan barata, nos ponemos las botas, eso sí, es algo complicado encontrar un sitio que respete los estándares mínimos de limpieza...o quizá es que nosotros estábamos al principio de nuestro viaje y todavía teníamos mucho a lo que acostumbrarnos, bueno, más bien, mucho a lo que acostumbrar a nuestros estómagos.
La visita a la Gran Muralla fue toda una experiencia, no queríamos ir a Badaling, que es donde van todos los turistas y parece eso benidorm en julio, asi que decidimos chuparnos unas cuantas horas de excursión hasta el trozo de Mutianyu, tras preguntar y preguntar como podiamos llegar hasta alli, nos hicieron tanto lio que nos dejamos convencer para coger un tour organizado...en fin...que decir, que salimos del hostal a las 7:30 de la mañana y no llegamos a la Gran Muralla hasta las 2 de la tarde, porque nos hicieron "unas cuantas" paraditas en el camino, que si un centro médico tradicional lleno de potingues para vender, que si paradita para comer "casualmente" en una tienda de Jade... por lo menos nos llevaron también a las tumbas de la dinastia Ming...algo es algo. Pero eso sí, acertamos de pleno con el trozo de Muralla que visitamos, porque estábamos allí prácticamente solos (todo lo solo que se puede estar en China, claro, es decir, que habría otras 150 personas en un tramo de unos 4 km). Es nuna pena como lo han restaurado, no han puesto mucho cuidado en seguir la línea original, así que te encuentras cemento por aquí y por allá muy amenudo. Por suerte, nos pudimos colar en un tramo del muro no restaurado, es impresionante el estado en el que se encuentra, los árboles crecen por todas partes y hay trozos que ya ni siquiera se ven.
Eso sí, estar en una de las torretas y ver el muro recorriendo lo alto de la cordillera kilómetros y kilómetros en ambas direcciones hasta más allá de dónde alcanza la vista es IM-PRESIONANTE!
Cómo dice el dicho chino: Ahora que hemos subido a lo alto, ya somos hombres de verdad!! (y eso en qué lugar me deja a mi??)
Bienvenidos a China
domingo, 28 de junio de 2009"Un pais, dos sistemas"
Así define el gobierno al pais, y lo que nosotros nos preguntamos al llegar es que, a parte de a un capitalismo feroz, a qué otro sistema se referirán, porque de comunismo...la estrella de la bandera y los monumentos a los soldados... pero dejo para más adelante el ahondar más en el tema, que de momento esto sólo son las primeras impresiones.
Después de remontar el rio en el barco disfrutando de un paisaje plagado de cargueros, grúas y pesqueros llegamos al puerto de Shanghai a nuestra hora, pero el proceso de desembarco tardó más de lo previsto por los malditos controles de Influenza (H1N1). Al bajar y ver que Liang no nos estaba esperando allí como nos había prometido, nos extrañamos un poco y pensamos que quizá se había ido ya. Así que ahí estábamos nosotros, en un barrio marginal de Shanghai, sin un Yuan, sin tener la menor idea de dónde quedaba el albergue y sin hablar una palabra de chino, gran panorama.
Menos mal que un chino majo que viajó con nosotros en el barco y que hablaba japonés nos ayudó! Nos pagó el autobús a la estación central de tren, la llamada al móvil de Liang y aún pretendía darnos algún dinero más por si las moscas... Y es que, si hubiesemos sabido que no vendría, hubiesemos cambiado dinero antes, pero cómo con nuestra Visa no nos cuesta nada sacar dinero ni nos cobran comisión por el cambio de divisa, siempre tiramos de cajero automático al llegar a un nuevo pais, y no nos podíamos imaginar que en el puerto no habría ninguno y tampoco por los alrededores (pero bueno, que siempre tenemos algún que otro recurso en la manga).
Al final quedamos con Liang una hora más tarde en la estación y aprovechamos para irnos a comer, primera comida china y primera sorpresa. Mi sopa tenía muy buena pinta, pero imposible saber de qué era, así que valientemente cogí la cuchara y empecé a tomármela, sorbito a sorbito, trocito a trocito de carne rosita, hasta llegar a una preciosa, brillante y escamosa piel de serpiente!! Primero, ojos como platos, y luego, me acordé de mi abuela Cramiña: "lo que no mata engorda"... cómo estaba bueno seguí comiendo tan campante.
Nuestro primer día por allí fue un tanto particular con nuestro guía Liang también un tanto particular. Haciéndonos un poco a la idea de que aquí haya en todas partes en todo momento tanta gente como en sol en navidades (es la ciudad más grande de china con más de 18 millones de habitantes), que todos intenten cruzar los pasos de cebra al mismo tiempo esquivando a los que vienen en dirección contraria, a las motos y las bicis que pasan por el medio y a los coches que aunque estés cruzando en verde para los peatones te pitan para que te apartes y que no reducen la velocidad ni un poquito...y, evidentemente, mil diferencias más ;)
Y con un segundo acercamiento a su comida de la mano de nuestro guía "particular", un tanto complicado pero buena a pesar de los huevos de pato con la clara trasparente tirando a marrón y la llema negra y verde, la ternera jodidamente picante (lo siento, pero no hay mejor descripción) y la grasa de pato envuelta en hojas de arroz (eso me pasa por decirle que me encanta el pato...si le hubiese especificado que lo que me gusta es la CARNE a lo mejor otro gallo hubioese cantado). Lo escribo así y parece que no nos gustó, pero en realidad la comida estaba muy buena y es con una de las cosas con las que más disfrutamos en China.
La ciudad
sábado, 30 de mayo de 2009Hemos estado dos increíbles días en Tokio.
El primero vimos millones de cosas, lo típico de la ciudad, Shibuya con su ajetreo, el palacio Imperial desde fuera y sus jardines, la zona de tecnología, el centro económico…
Hicimos una paradita estilo mochilero-sin-un-duro en una tienda tipo Corte Inglés del barrio de Ginza, porque habíamos leído que se puede comer gratis, ya que en los mostradores te dan a probar un poco de las cosas que venden. Lamentablemente para nuestras barriguillas hambrientas, esto no era del todo así y sólo pudimos probar algunas cosas, eso sí, fuimos depurando nuestra técnica, en los primeros no nos atrevíamos a picar mucho, no fuese a ser que se notase que sólo habíamos ido a comer y no teníamos la más mínima intención de comprar, pero conforme pasamos de uno a otro, poníamos la mejor de nuestras sonrisas y probábamos de todo lo que hubiese (algunas cosas habría sido mejor no probarlas jaja!), así que, aunque no comimos de verdad ,conseguimos quitarnos la gusilla y aguantar hasta la hora de cenar.
Después nos fuimos al barrio de las tiendas de tecnología y… yo lo siento por la calle pez de Madrid, pero en comparación es un callejón de pueblo… Qué de luces, sonidos, gente por la calle y vendedores con micrófonos incitándote a comprar!!…qué pasada!! Hay incluso un edificio entero que sólo vende USBs y una de sus plantas está enteramente dedicada a USBs de Hello Kitt.
Cuando por fin nos encontramos con Alan y fuimos a un típico Ramen-bar (los cocineros están en el medio y la gente se sienta a comer en la barra en taburetes alrededor). Gracias a Dios nos pusimos las botas con sendas sopas udon baratillas y deliciosas, y una especie de raviolis gigantes de carne con verduras, no me acuerdo del nombre porque no fui capaz de pronunciarlo.
El día siguiente fue un tanto caótico, a Alan le dijeron en el trabajo que tenía que irse un par de días a Hong Kong a unas reuniones, así que cómo no podíamos quedarnos más en su casa, decidimos dormir en un Hotel Cápsula, de esos en los que parece que duermes en una de las tumbas de pared de un cementerio jajaj! que no! más bien se parece a un camarote muy reducido de una nave espacial, con tele y todas las comodidades que puede haber en 2 m². Peeeeeeeeeero…nuestro gozo en un pozo! Resulta que en todos los que preguntamos sólo aceptaban a hombres, mira tú que bien. Así que,l tras llamar a un par de albergues juveniles sin éxito, y con la mente en la recomendación de dormir en un “Love Hotel” (ver abajo) que nos dio un amigo de Sebastian, decidimos dedicarnos a disfrutar del día y pensar en ello más tarde. Nos fuimos al barrio de Shinjuku, una de las áreas con los rascacielos más altos, donde está el edificio ….del Gobierno, desde el que se puede disfrutar gratis de unas vistas increíbles de la ciudad y de los rascacielos del barrio. Ah! algo que me sorprende también muchísimo es la arquitectura de la ciudad, qué de rascacielos gigantes! (nota: nunca he estado en Nueva York), rascacielos al lado de casitas enanas y templos escondidos entre torres inmensas…
Después nos dimos un paseo por el barrio tradicional de Ueno y yo me quedé en un internet café a trabajar en mi master, mientras Sebastian daba un paseo y buscaba algún sitio baratillo dónde cenar y dormir. Mi trabajo duró más de lo esperado, nos fuimos corriendo a cenar a un restaurante Kaiten-Sushi, de esos en los que los maestro están en el medio preparando los platos y los van dejando en una cinta transportadora, para que cada uno coja lo que quiera y luego se paga por platos. Los maestros se partían con nosotros cuando les decíamos que estaba muy rico y el resto de la clientela hacia bromas, que yo por supuesto no entendía pero Sebastian decía que eran bien intencionadas, habrá que creerle ;)
Una vez bien cenaditos y tras otroi paseíto nos fuimos en busca de nuestro alojamiento, un bonito y barato “Love Hotel” en el barrio de Uguisudani. Resulta que cómo los japoneses suelen vivir todos en familia en la misma casa y que además esta suele tener las paredes de papel, no tienen intimidad para según qué cosas, suelen ir a estos pequeños hoteles y pagar una habitación por unas horas, pero también te puedes quedar la noche entera. A mí me sonó a putis que no veas, pero por lo visto es de lo más normal. Yo vi allí a gente de todo tipo. En todos, según entras, hay un panel con fotos de las habitaciones y sus precios, las fotos iluminadas son de las habitaciones libres y las apagadas de las ocupadas, hay un botón debajo de cada foto y hay que apretar el de la que te gusta e ir a pagar al mostrador. Tras entrar en cada hotelillo de la calle (en algunos hasta dos veces) para ver la habitación que más nos convencía en relación calidad/precio (las mujeres de la calle ya nos saludaban al vernos pasar de nuevo) por fin elegimos una. Había oído hablar de ellos pero la verdad es que no me esperaba lo que nos encontramos. Una habitación pequeña pero espaciosa, equipada con todo, nevera, microondas, pantalla plana con Karaoke y micrófonos, calentador de agua, máquina de bebidas, una cama enorme con un cuadro de luces y música a elegir, un baño típico japonés de esos que salen en los dibujos, con una bañera gigante en la que puedes tirar el agua por fuera sin problema porque toda la habitación es parte de la ducha, en la que tienes un banquito para lavarte bien, con geles, champús, crema hidratante etc… zapatillas y kimonos, café y té, aperitivos y preservativos ¿qué más se puede pedir? ;)